Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Nuevo Laredo, Tamaulipas – Hay discursos que suenan bien, especialmente cuando hablan de juventud, oportunidades, transformación y futuro. El problema aparece cuando se contrasta esa retórica con la realidad cotidiana de miles de jóvenes tamaulipecos.
El gobernador Américo Villarreal Anaya vuelve a asegurar que su administración trabaja para que las nuevas generaciones tengan mejores oportunidades de desarrollo. Lo dijo en su programa “Diálogos con Américo”, justo a unos días del Día Internacional de la Juventud. El escenario resulta oportuno, pero también incómodo: hablar de los jóvenes es sencillo; garantizarles un futuro digno es bastante más complicado.
El mandatario presume que Tamaulipas es un estado joven porque la mitad de su población tiene menos de 30 años. Precisamente por eso debería existir una política mucho más ambiciosa, medible y visible para ese sector. No basta con reconocer su importancia demográfica ni repetir que representan el “capital intangible” de la entidad. Los jóvenes necesitan empleos bien remunerados, educación de calidad, espacios seguros, acceso a vivienda, oportunidades reales para emprender y, sobre todo, condiciones que les permitan construir un proyecto de vida sin tener que abandonar Tamaulipas.
Porque una cosa es decir que hay oportunidades y otra muy distinta es que esas oportunidades lleguen a todos.
El gobernador habla de clústeres, formación académica vinculada con el mercado laboral, becas y apoyos económicos. Todo eso es necesario y, desde luego, debe reconocerse cuando funciona. Pero la verdadera evaluación no se encuentra en un discurso ni en una estadística aislada. Está en saber cuántos jóvenes consiguen un empleo relacionado con lo que estudiaron, cuánto ganan, cuántos pueden independizarse y cuántos terminan emigrando porque en su propia tierra no encuentran una alternativa que los convenza.
También resulta cuestionable utilizar indicadores económicos generales como prueba suficiente de que la juventud vive mejor. Que Tamaulipas registre buenos lugares en determinados indicadores laborales o económicos no significa automáticamente que las nuevas generaciones estén disfrutando de bienestar. El crecimiento económico, si no se traduce en mejores salarios, seguridad, movilidad social y oportunidades equitativas, corre el riesgo de quedarse en una cifra más para el informe gubernamental.
Hay ejemplos que merecen reconocimiento. El respaldo a jóvenes que participan en competencias internacionales de robótica demuestra que existe talento y que, cuando recibe apoyo, puede representar dignamente a Tamaulipas incluso fuera del país. Lo mismo ocurre con los resultados deportivos y las más de 172 medallas mencionadas por el gobernador.
Pero aquí aparece otra pregunta inevitable: ¿cuántos jóvenes tienen acceso a esas oportunidades?
Porque no todos estudian en instituciones con infraestructura suficiente, no todos cuentan con recursos para desarrollar una disciplina deportiva, no todos pueden pagar transporte, alimentación o materiales escolares. Y mucho menos todos tienen las mismas posibilidades de acceder a programas públicos.
El anuncio de 150 canchas deportivas construidas mediante un programa federal también puede ser positivo. Sin embargo, construir infraestructura no garantiza por sí mismo la reconstrucción del tejido social. Una cancha abandonada, sin mantenimiento, sin entrenadores, sin actividades permanentes y ubicada en una zona donde prevalecen otros problemas sociales, termina siendo solamente una obra más para la fotografía oficial.
La juventud no necesita únicamente canchas, becas o discursos.
Necesita instituciones que funcionen.
Necesita seguridad para salir de casa y regresar.
Necesita escuelas que preparen para los empleos del presente y del futuro.
Necesita salarios que permitan vivir, no solamente sobrevivir.
Necesita acceso a salud mental, cultura, deporte y espacios públicos seguros.
Y necesita ser escuchada no solamente durante las ceremonias, los programas de gobierno o las fechas conmemorativas.
El discurso oficial insiste en que los jóvenes ya son protagonistas de la transformación de Tamaulipas. Ojalá sea así. Pero si realmente se pretende que sean protagonistas, habrá que permitirles también cuestionar, exigir y señalar aquello que todavía no funciona.
Una generación que estudia, innova, emprende y compite —como dice el gobernador— no debería conformarse con aplausos ni con promesas. Debe exigir resultados.
Américo Villarreal tiene todavía la oportunidad de convertir el discurso en una política de Estado que trascienda su administración. Para lograrlo, tendrá que pasar de las cifras generales a los resultados concretos y demostrar que las oportunidades no están reservadas para unos cuantos.
El verdadero balance de un gobierno frente a su juventud no se hace con spots ni con discursos.
Se hace preguntando cuántos jóvenes pudieron quedarse, crecer y prosperar en Tamaulipas gracias a las políticas públicas implementadas.
Ahí estará la verdadera evaluación.
Y ahí, precisamente ahí, todavía hay mucho por demostrar.




