Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Nuevo Laredo, Tamaulipas – Mientras desde el salón Independencia se multiplicaban los reconocimientos, las felicitaciones y los discursos sobre paz, bienestar y reconstrucción del tejido social, afuera la realidad seguía siendo mucho más compleja que la narrativa oficial que intenta vender el gobierno de Américo Villarreal Anaya.
La visita de funcionarios de la Secretaría de Gobernación sirvió para otorgar nuevos elogios al mandatario tamaulipeco, a quien se le reconoció por impulsar una agenda de paz y desarrollo humanitario. Los aplausos fueron abundantes. Las cifras y los diagnósticos también. Lo que sigue escaseando son los resultados tangibles que la ciudadanía pueda percibir en su vida cotidiana.
Tamaulipas podrá ser pionero en la elaboración de Diagnósticos de Seguridad Humana. Podrá presumir consejos, mesas, sesiones ordinarias y extraordinarias. Podrá acumular documentos, informes y presentaciones de PowerPoint. Sin embargo, ningún diagnóstico por sí solo disminuye la violencia, combate la impunidad ni devuelve la tranquilidad a las familias que siguen enfrentando problemas de inseguridad en distintas regiones del estado.
El gobierno estatal insiste en hablar de reconstrucción del tejido social, pero evita reconocer que ese tejido fue destruido durante años por la corrupción, la complicidad institucional y la incapacidad de sucesivos gobiernos para garantizar justicia y seguridad. Restaurarlo exige mucho más que reuniones protocolarias y declaraciones optimistas.
Resulta llamativo que mientras se presume una estrategia basada en la atención de las causas, los problemas estructurales continúan presentes. Colonias con carencias, jóvenes sin oportunidades suficientes, servicios públicos deficientes y una percepción ciudadana que muchas veces no coincide con los triunfalismos gubernamentales.
El gobernador aseguró que su administración comparte con la presidenta Claudia Sheinbaum el objetivo de construir un país donde nadie se quede atrás. La frase suena bien. El problema es que miles de tamaulipecos siguen esperando que esa promesa se traduzca en hechos concretos. Porque para quien no tiene acceso a servicios básicos, empleo digno o seguridad, los discursos de transformación suelen parecer cada vez más lejanos.
Los más de cuatro mil ciudadanos alcanzados en recorridos y actividades del Consejo Estatal de Paz representan un esfuerzo institucional que merece reconocerse. Pero también evidencian la enorme dimensión del reto. Tamaulipas tiene más de tres millones y medio de habitantes. Hablar de transformación profunda con alcances todavía limitados resulta, cuando menos, prematuro.
La administración estatal ha convertido la palabra “humanismo” en una de sus principales banderas. Sin embargo, el verdadero humanismo no se mide por el número de eventos realizados ni por los reconocimientos recibidos desde el centro del país. Se mide por la capacidad de resolver problemas reales, reducir desigualdades y ofrecer resultados verificables.
La paz no se construye en los discursos. La paz se construye cuando las familias viven sin miedo, cuando existe justicia efectiva y cuando las instituciones recuperan plenamente la confianza ciudadana. Mientras eso no ocurra, los reconocimientos seguirán siendo eso: reconocimientos. Y la realidad seguirá exigiendo mucho más que aplausos.




