Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Otra vez el mismo libreto. Desde el templete, con cifras pulidas y frases cuidadosamente armadas, el gobernador Américo Villarreal asegura que Tamaulipas es ejemplo nacional en materia de salud. Lo dice en un acto solemne, rodeado de funcionarios, líderes sindicales y personal médico al que se le reconoce por años de servicio. Lo dice con seguridad: 98.5 por ciento de cobertura de vacunación, ningún caso confirmado de sarampión. Lo dice… pero no necesariamente lo demuestra.
Porque mientras en los eventos oficiales se habla de un sistema “humanista, eficiente e inclusivo”, en la calle la historia suele ser otra. Basta con escuchar a pacientes que enfrentan semanas —o meses— para conseguir una cita, recorrer hospitales donde el desabasto de medicamentos sigue siendo tema recurrente o ver cómo familiares deben costear insumos básicos que deberían estar garantizados. Esa es la otra cara que no aparece en los discursos.
Reconocer al personal de salud es justo. Nadie cuestiona el compromiso de médicos, enfermeras y trabajadores que, con recursos limitados, sostienen un sistema que muchas veces funciona más por vocación que por estructura. Ellos sí son ejemplo. Ellos sí dan resultados, incluso en condiciones adversas. Pero utilizar su esfuerzo como argumento para maquillar deficiencias institucionales es, por decir lo menos, conveniente.
El dato de “cero casos de sarampión” puede sonar contundente, pero no basta para declarar un estado modelo. La salud pública no se mide solo por la ausencia de una enfermedad específica ni por porcentajes generales que, sin contexto, dicen poco. Se mide en la calidad de la atención, en la rapidez del servicio, en la disponibilidad de tratamientos y, sobre todo, en la experiencia diaria de la población. Y ahí es donde el discurso empieza a tambalearse.
También resulta revelador el contraste entre la narrativa de infraestructura moderna y equipamiento de vanguardia con la realidad de muchos centros de salud que siguen operando con carencias evidentes. Hay avances, sí, pero están lejos de ser generalizados. Y mientras tanto, el ciudadano común sigue enfrentando un sistema desigual, donde la atención depende más de la suerte que de una política pública sólida.
La ceremonia de entrega de medallas, con historias de décadas de servicio y vocación genuina, termina siendo el mejor reflejo de lo que realmente sostiene al sistema: las personas, no la administración. Son ellas quienes, a pesar de todo, mantienen en pie la atención médica en el estado.
Tamaulipas no necesita proclamarse ejemplo nacional. Necesita serlo en los hechos. Y para eso no bastan los discursos ni las cifras optimistas. Se requiere reconocer lo que falta, corregir lo que no funciona y, sobre todo, dejar de confundir propaganda con realidad.




