Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
En Tamaulipas ya se volvió costumbre escuchar anuncios espectaculares, proyectos “históricos” y promesas de transformación que, en el papel, parecen colocar al estado a la altura de las grandes potencias industriales del país. El problema es que la realidad cotidiana sigue siendo otra: carreteras destrozadas, transporte público deficiente, drenajes colapsados, crisis de agua y ciudades que sobreviven más por el esfuerzo ciudadano que por la eficiencia gubernamental.
Durante su programa “Diálogos con Américo”, el gobernador Américo Villarreal volvió a presentar una larga lista de obras, proyectos y estrategias para convertir al sur del estado en el gran motor económico de Tamaulipas. El discurso sonó bien. Como casi todos los discursos oficiales. Sin embargo, entre la narrativa optimista y lo que vive la población existe una distancia enorme.
El mandatario habló del sistema BRT para la zona conurbada, de nuevas carreteras, desarrollo energético, turismo, agua tratada y movilidad moderna. El problema no es anunciar proyectos; el problema es que Tamaulipas arrastra décadas de rezagos que ningún gobierno ha logrado resolver de fondo. Y mientras las autoridades celebran planes futuros, la ciudadanía sigue atrapada en problemas presentes.
Basta recorrer Tampico, Madero o Altamira para entenderlo. El transporte público continúa siendo inseguro, incómodo y obsoleto. Las avenidas principales colapsan en horas pico. Hay colonias enteras donde el drenaje brota cada vez que llueve. Y aunque se insiste en vender la idea de una zona metropolitana moderna, lo cierto es que la infraestructura urbana va muy por detrás del crecimiento industrial y poblacional.
El caso del BRT es un ejemplo claro. Se presenta como una solución de movilidad “prácticamente consolidada”, pero los tamaulipecos ya aprendieron a desconfiar de los megaproyectos anunciados con bombo y platillo. Muchos terminan atorados entre burocracia, falta de presupuesto o simples cambios políticos. Mientras no haya maquinaria trabajando y resultados visibles, para la ciudadanía todo sigue siendo promesa.
Otro punto delicado es el tema del agua. El gobierno habla ahora de plantas tratadoras y uso industrial de agua reciclada, pero la realidad es que la crisis hídrica ya golpeó duramente a la zona sur hace apenas un par de años. Se reaccionó tarde. Como siempre. Y aunque hoy se anuncian estrategias preventivas, queda claro que durante años no hubo planeación seria para enfrentar el problema.
En materia energética ocurre algo similar. Tamaulipas tiene potencial enorme, sí. Genera energía, atrae inversiones y posee una ubicación privilegiada. Pero mientras las cifras macroeconómicas se presumen en conferencias, miles de familias todavía enfrentan fallas eléctricas, tarifas elevadas y comunidades sin acceso completo a servicios básicos. El discurso del progreso rara vez coincide con la realidad de las colonias populares.
Y luego está el tema favorito del oficialismo: la seguridad.
El gobierno insiste en colocar a Tamaulipas en “semáforo verde” y presumir indicadores internacionales, pero la percepción ciudadana sigue marcada por el miedo, las desapariciones, los enfrentamientos y la violencia que históricamente ha golpeado al estado. Decir que la entidad vive mejores condiciones no borra años de crisis ni cambia de un día para otro la desconfianza social.
Claro que algunos indicadores han mejorado. Sería absurdo negarlo. Pero también sería irresponsable construir una narrativa triunfalista mientras persisten regiones enteras donde la delincuencia sigue imponiendo condiciones.
La administración estatal parece empeñada en vender la idea de un Tamaulipas transformado, moderno y en crecimiento. Sin embargo, la ciudadanía ya no se conforma con discursos adornados ni con programas de radio dominicales llenos de optimismo político. Lo que la gente exige son resultados palpables: carreteras funcionales, agua garantizada, seguridad real, hospitales equipados y transporte digno.
Porque gobernar no consiste en acumular anuncios ni repetir slogans de bienestar. Gobernar implica resolver problemas. Y en Tamaulipas todavía hay demasiados pendientes sin atender.




