Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
A cuatro años de gobierno, la narrativa oficial insiste en presentar al sistema de salud de Tamaulipas como un ejemplo nacional. Sin embargo, más allá de los discursos optimistas y de las cifras cuidadosamente seleccionadas, la realidad cotidiana que enfrentan miles de ciudadanos en hospitales y centros de salud pinta un panorama mucho menos alentador.
La secretaria de Salud, Adriana Marcela Hernández Campos, asegura que la entidad avanza con paso firme y que incluso se ha consolidado como referente en el sistema nacional de salud. No obstante, basta recorrer clínicas rurales, hospitales generales o unidades médicas en municipios apartados para constatar que las carencias persisten: falta de medicamentos, escasez de personal, equipo insuficiente y tiempos de espera que siguen siendo una constante.
El gobierno estatal presume que la salud materna, la atención a la niñez y la prevención de enfermedades se han colocado como prioridades. Pero en la práctica, muchas mujeres embarazadas continúan enfrentando largas distancias para recibir atención médica especializada, mientras que los centros de salud operan con recursos limitados que difícilmente permiten sostener el discurso de cobertura integral.
También se habla de modernización de infraestructura y de herramientas digitales que acercan los servicios a la población. La realidad, sin embargo, muestra que gran parte de las unidades médicas arrastran rezagos estructurales de años. Edificios deteriorados, equipos obsoletos y una infraestructura hospitalaria que en varios casos funciona al límite de su capacidad.
El gobierno estatal destaca además el número de intervenciones quirúrgicas realizadas a través de la Beneficencia Pública como un logro nacional. No obstante, este tipo de estadísticas, aunque relevantes, poco dicen sobre la calidad de la atención diaria o sobre la disponibilidad permanente de insumos básicos para la operación hospitalaria.
A esto se suma la transición hacia el modelo IMSS-Bienestar, presentada como la solución para garantizar cobertura universal. Pero el proceso no ha estado exento de incertidumbre administrativa, ajustes institucionales y dudas entre el propio personal médico sobre la estabilidad laboral y la operación futura del sistema.
En el papel, la narrativa gubernamental habla de un sistema de salud más humano, cercano y fortalecido. En la práctica, miles de pacientes siguen enfrentando los mismos obstáculos de siempre: citas tardías, tratamientos incompletos y hospitales que operan con recursos limitados.
La salud pública no se mide únicamente por informes o discursos oficiales. Se mide en la calidad del servicio que recibe la población, en la capacidad del sistema para responder con eficacia y en la confianza que los ciudadanos depositan en sus instituciones. Y en ese terreno, Tamaulipas aún tiene una larga deuda pendiente.




