Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
En política, la congruencia no debería ser un lujo. Mucho menos cuando se pretende señalar a los adversarios por circunstancias personales que, de pronto, dejan de ser problema cuando aparecen dentro de la propia casa.
En Nuevo Laredo, sectores del PAN han insistido en convertir la presunta doble nacionalidad de personajes vinculados a Morena en un argumento de confrontación política. El discurso ha sido repetitivo: cuestionar lealtades, poner bajo sospecha la participación política y utilizar la condición binacional como arma para desacreditar al contrario.
Pero ahora aparece un episodio que, de confirmarse, obligaría al panismo local a mirarse en el espejo.
En Laredo, Texas, circula la versión de que Manuel Canales Bermea estaría buscando abrirse camino en la política estadounidense mediante acercamientos con el Partido Republicano y con el proyecto de Tano Tijerina. Este último busca la candidatura republicana al Congreso por el Distrito 28 de Texas y cuenta con el respaldo político de Donald Trump.
Hay que decirlo con precisión: la versión sobre una eventual incursión política de Canales en Estados Unidos no aparece, hasta ahora, confirmada públicamente en fuentes oficiales o periodísticas consultadas. Y precisamente por eso debe tratarse como lo que es: una versión que amerita una explicación del propio interesado, no una verdad consumada.
Lo que sí está documentado, y resulta políticamente revelador, es el zigzagueante recorrido partidista de Manuel Canales.
Fue diputado local por el PAN en la LXIV Legislatura por el Distrito I de Nuevo Laredo. En 2022 renunció al partido y anunció su incorporación al proyecto de Américo Villarreal Anaya, al que llegó a considerar “la única opción para Tamaulipas”.
Pero el viraje no terminó ahí. En 2024 volvió a competir bajo las siglas del PAN, esta vez como candidato a diputado federal por la coalición Fuerza y Corazón por México. El propio Tribunal Electoral lo identifica en esa elección como candidato postulado por PAN, PRI y PRD.
Y ése es justamente el punto que vuelve incómoda esta historia.
Porque resulta difícil sostener un discurso de pureza política cuando la propia trayectoria está marcada por cambios de partido y decisiones que, en su momento, fueron justificadas desde la conveniencia, la congruencia o las circunstancias políticas.
La pregunta, entonces, no es menor:
¿La doble nacionalidad es realmente un problema o sólo sirve como munición cuando pertenece al adversario?
Porque aquí hay una doble vara evidente. Cuando se trata de Morena, la condición binacional se presenta como una sospecha. Pero si un político identificado con el PAN pretende utilizar esa misma condición para ampliar su horizonte de participación política al otro lado de la frontera, entonces habrá que esperar para saber si el discurso cambia.
Y ahí es donde la política demuestra su verdadero rostro.
No hay nada cuestionable, por sí mismo, en que una persona con derecho legal a participar políticamente en dos países aspire a hacerlo. El problema aparece cuando una circunstancia que se condena en los demás se pretende convertir en ventaja propia.
Eso tiene otro nombre: doble moral política.
Canales, además, no necesita que sus adversarios le construyan una historia. Su trayectoria pública ya está a la vista: PAN, ruptura con el PAN, acercamiento al proyecto de Morena y Américo Villarreal, y regreso al PAN para contender en 2024.
Ahora, si también existiera una apuesta por construir futuro político en Estados Unidos, la interrogante sería inevitable: ¿estamos frente a una nueva etapa de pragmatismo político o simplemente ante otro cambio de ruta?
Porque una cosa es cambiar de partido. Otra, muy distinta, sería querer jugar políticamente en ambos lados de la frontera mientras se cuestiona a otros precisamente por su condición binacional.
Y si el PAN local quiere hablar de nacionalidades, lealtades y congruencia, quizá primero debería poner la casa en orden.
La política no puede ser muy estricta con los adversarios y convenientemente flexible con los propios. Ahí es donde cualquier discurso de principios termina convirtiéndose en simple conveniencia electoral.

