Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Hay diputados que recorren su distrito antes de presentar una iniciativa. Y hay otros que parecen conocer mejor los pasillos del Congreso que las calles de la gente que los eligió.
La propuesta de la diputada Gabriela Regalado Fuentes para eliminar las celebraciones de Halloween en escuelas y eventos oficiales de Tamaulipas ha abierto un debate que va mucho más allá de una fecha en el calendario. Lo verdaderamente preocupante no es la iniciativa, sino la forma en que fue concebida.
En Nuevo Laredo, Halloween y Día de Muertos conviven desde hace años sin desplazar uno al otro. Comerciantes, escuelas y familias han encontrado un equilibrio que nadie parecía considerar un problema… hasta que alguien decidió convertirlo en tema legislativo.
La pregunta es inevitable: ¿quién pidió esta iniciativa? ¿Qué sectores fueron consultados? ¿Qué padres de familia, maestros, directores o comerciantes participaron en su construcción? Si esas respuestas no existen, entonces la propuesta nace con un déficit de legitimidad.
El Congreso no puede convertirse en una fábrica de ocurrencias donde las prioridades personales de un legislador se disfracen de interés público. Mientras Tamaulipas enfrenta desafíos mucho más urgentes, resulta difícil entender por qué el tiempo legislativo se concentra en decidir qué festividad pueden celebrar los ciudadanos.
Representar no significa imponer una visión personal desde la tribuna. Significa escuchar, debatir y construir consensos. Cuando ese proceso desaparece, la representación se convierte en un simple trámite electoral.
Si la intención era fortalecer el Día de Muertos, había decenas de caminos para lograrlo sin recurrir a restricciones que dividen a la sociedad y generan un conflicto donde antes no existía.
La diputada tiene derecho a presentar iniciativas. Lo que no puede dar por sentado es que hablar en nombre de la ciudadanía equivale a haberla escuchado.
Porque cuando un representante legisla sin consultar a sus representados, deja de ser la voz del pueblo para convertirse únicamente en la voz de sí mismo.

