Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Nuevo Laredo, Tamaulipas – Mientras miles de tamaulipecos siguen enfrentando carreteras destruidas, fugas de agua, hospitales inconclusos y ciudades con servicios deficientes, el secretario de Obras Públicas, Pedro Cepeda Anaya, acudió al Congreso local para presumir una supuesta “inversión histórica” en infraestructura durante 2025. El discurso oficial habla de miles de millones de pesos ejercidos; la realidad en las calles cuenta otra historia.
Durante su comparecencia ante la Legislatura 66, el funcionario aseguró que el gobierno estatal destinó más de 8 mil millones de pesos en obra pública para los 43 municipios de Tamaulipas. Sin embargo, basta recorrer las carreteras estatales, colonias populares y comunidades rurales para entender que el problema no es cuánto se anuncia, sino dónde termina realmente el dinero.
El gobierno presume la rehabilitación de más de 500 kilómetros carreteros, pero las vialidades continúan convertidas en trampas para automovilistas. Hay tramos donde los baches reaparecen semanas después de los trabajos “de rehabilitación”, evidenciando obras de baja calidad y una preocupante falta de supervisión.
También se habló de inversiones hidráulicas millonarias, incluyendo proyectos para Ciudad Victoria. No obstante, en numerosas colonias el agua sigue llegando a medias, cuando llega. Las fugas continúan desperdiciando miles de litros diariamente mientras las familias enfrentan tandeos, baja presión y redes colapsadas que llevan años sin resolverse.
En materia hospitalaria y educativa, el discurso oficial insiste en “fortalecimiento” y “modernización”, aunque muchos planteles operan con instalaciones eléctricas deficientes y hospitales públicos padecen carencias de equipo, medicamentos y mantenimiento básico. El contraste entre la narrativa gubernamental y la experiencia cotidiana de la ciudadanía resulta cada vez más evidente.
El secretario destacó proyectos como el Puerto del Norte y la autopista Mante-Ocampo-Tula, obras que el gobierno vende como símbolos de desarrollo. Sin embargo, especialistas y ciudadanos cuestionan si estas megaobras realmente responden a las necesidades urgentes de la población o si terminan convirtiéndose en monumentos sexenales diseñados más para la propaganda política que para resolver problemas reales.
La frase utilizada durante la comparecencia —“la obra pública se mide en bienestar”— termina golpeando al propio gobierno. Porque si el bienestar fuera el verdadero parámetro, Tamaulipas todavía arrastra enormes pendientes: transporte deficiente, drenajes colapsados, colonias sin pavimentación y una infraestructura urbana que en muchos municipios permanece en el abandono.
Más allá de las cifras y los aplausos legislativos, el ciudadano común sigue esperando resultados tangibles. Porque anunciar miles de millones desde un podio es sencillo; lo verdaderamente difícil es lograr que la gente vea una mejora real en su calidad de vida.

