Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Durante siete días completos, Tamaulipas tuvo a un gobernador prácticamente desaparecido de la vida pública estatal. Ni giras, ni posicionamientos, ni actos oficiales relevantes. Mientras crecían las especulaciones políticas y el ambiente nacional se contaminaba por acusaciones relacionadas con presuntos vínculos entre figuras de Morena y el crimen organizado, Américo Villarreal Anaya optó por el silencio.
Su reaparición ocurrió finalmente en Abasolo, en un evento del DIF Tamaulipas con motivo del Día de las Madres y entrega de aparatos auditivos. Una escena cuidadosamente diseñada para proyectar normalidad, sensibilidad social y cercanía. Pero el problema no era la agenda del evento. El problema era la ausencia previa.
La última vez que Villarreal había sido visto públicamente en Tamaulipas fue el 29 de abril, durante el informe del rector de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, Dámaso Anaya Alvarado. A partir de ahí, vino el vacío. Justo ese mismo día, en Estados Unidos comenzaron a circular señalamientos y denuncias contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, por presuntos nexos con grupos criminales.
La coincidencia política fue demasiado grande para ignorarse.
Mientras el escándalo escalaba y Rocha Moya terminaba solicitando licencia al cargo, el mandatario tamaulipeco desaparecía del escenario estatal y se refugiaba en la Ciudad de México, participando en reuniones partidistas de Morena y encuentros con funcionarios federales. Ninguna explicación pública. Ninguna postura clara. Ningún mensaje de frente para los tamaulipecos.
Y eso pesa.
Porque en política, las ausencias también comunican. Más aún cuando quien desaparece es un gobernador que fue delegado electoral de Morena en Sinaloa, precisamente en uno de los estados donde hoy pesan sospechas graves sobre la relación entre poder político y estructuras criminales.
El problema para Américo Villarreal no es únicamente lo que se dice. Es lo que no aclara. En tiempos donde la desconfianza ciudadana crece y donde los señalamientos hacia figuras del oficialismo se multiplican, esconderse detrás de eventos protocolarios no resuelve nada.
Tamaulipas merece respuestas, no silencios calculados.
La administración estatal ha apostado constantemente a minimizar cualquier cuestionamiento incómodo, confiando en que el tiempo diluya los temas. Sin embargo, cada ausencia prolongada, cada evasiva y cada aparición cuidadosamente controlada terminan alimentando más dudas que certezas.
Porque cuando un gobernador desaparece justo en medio de un terremoto político nacional, la narrativa deja de construirse sola. Y el vacío, inevitablemente, se llena de sospechas.

