Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
Ciudad Victoria, Tamaulipas.– La comparecencia del secretario de Educación estatal no fue, en esencia, un ejercicio de rendición de cuentas, sino un desfile de lugares comunes envueltos en cifras que, sin contexto ni contraste, pretenden vender la idea de una transformación que en las aulas simplemente no se percibe.
Miguel Ángel Valdez García apeló, una vez más, al gastado concepto de “visión humanista” para justificar una política educativa que, en el papel, suena ambiciosa, pero en la práctica sigue atrapada en inercias burocráticas y resultados mediocres. Hablar de justicia social y equidad se ha vuelto un recurso retórico cómodo; lo difícil —y hasta ahora ausente— es demostrarlo con mejoras tangibles en el aprendizaje de los estudiantes.
El funcionario se arropó en el discurso federal, evocando el mandato popular que dio origen a la llamada transformación educativa. Sin embargo, insistir en la narrativa heredada de administraciones como la de Andrés Manuel López Obrador y su continuidad con Claudia Sheinbaum no sustituye la obligación de explicar por qué, pese a los cambios de modelo, los problemas estructurales persisten: bajo rendimiento, abandono escolar y una brecha educativa que sigue castigando a los más vulnerables.
La estrategia “Tamaulipas Educa”, presentada como columna vertebral del sector, es otro ejemplo de planeación inflada. Diez objetivos y cien acciones suenan bien en un documento oficial; en la realidad, se diluyen entre programas dispersos, sin evaluación independiente ni indicadores claros de impacto. Capacitar a miles de docentes o asignar plazas no es sinónimo de calidad educativa, aunque así se quiera vender.
Las cifras presumidas —miles de maestros capacitados, cientos de plazas asignadas, millones invertidos— se repiten como mantra. Pero el problema no es cuánto se gasta, sino cómo se traduce ese gasto en mejores condiciones de enseñanza y aprendizaje. Hoy por hoy, muchas escuelas siguen operando con carencias básicas, y el desempeño académico dista de ser el que el gobierno presume en tribuna.
La inversión en infraestructura, por ejemplo, se anuncia con montos millonarios, pero basta recorrer planteles en zonas rurales y urbanas marginadas para encontrar salones deteriorados, falta de equipamiento y servicios deficientes. La narrativa oficial habla de dignidad; la realidad exhibe abandono.
Más cuestionable aún es el uso de evaluaciones internas como “Tamaulipas Aprende” para presumir avances. Sin mecanismos transparentes y comparables a nivel nacional o internacional, estos resultados carecen de credibilidad. El supuesto reconocimiento de organismos internacionales se menciona sin profundidad, como si bastara para validar una política pública que no resiste el escrutinio técnico.
En el terreno social, la entrega de becas, útiles y uniformes se presenta como un logro sustancial. En realidad, son medidas asistenciales necesarias, sí, pero insuficientes para revertir décadas de rezago. Repartir apoyos no equivale a transformar el sistema educativo; apenas atenúa sus síntomas.
El discurso sobre la “Nueva Escuela Mexicana” y la formación de ciudadanos críticos y solidarios contrasta con un sistema que sigue privilegiando la simulación sobre la autocrítica. Hablar de paz, dignidad e igualdad resulta conveniente en el atril, pero poco creíble cuando la calidad educativa continúa siendo desigual y limitada.
Al final, la comparecencia dejó más propaganda que certezas. Se insiste en que la transformación ya está en marcha, que el deterioro fue contenido y que el futuro será distinto. Pero en educación, los resultados no se declaran: se comprueban. Y en Tamaulipas, esa prueba sigue pendiente.

