Opinión: Luis I. Valtierra Hernández
Columna: Criticar por Criticar
En política, las encuestas pueden servir para medir la realidad… o para maquillarla. En el caso del gobierno de Tamaulipas, todo apunta a que se está optando por la segunda opción.
Resulta, cuando menos, sospechoso que de pronto aparezca una medición que coloca al gobernador Américo Villarreal Anaya en el lugar número 15 del ranking nacional de gobernadores, con una supuesta aprobación del 58.5 por ciento durante marzo de 2026. El dato fue difundido por una encuesta elaborada por Demoscopia Digital, empresa vinculada al periódico La Jornada.
La pregunta inevitable es: ¿Quién pagó esa medición y con qué propósito?
Porque hasta hace muy poco tiempo la historia era otra. En diversas evaluaciones nacionales, el mandatario tamaulipeco aparecía con frecuencia en los últimos lugares de aprobación ciudadana. La inconformidad social, los problemas de seguridad, las carencias en servicios y el desgaste natural del gobierno lo mantenían lejos de los primeros puestos.
De repente, sin que exista un cambio visible en la realidad del estado, aparece un estudio que lo coloca cómodamente en la mitad de la tabla. La coincidencia no pasa desapercibida: también acaba de llegar un nuevo director de Comunicación Social al gobierno estatal.
Y lo primero que parece haber cambiado no es la percepción ciudadana, sino la estrategia mediática.
Cuando un gobierno decide invertir recursos en encuestas complacientes, lo que en realidad está comprando no es opinión pública, sino propaganda disfrazada de estadística. Se trata de un viejo truco político: fabricar una narrativa de aprobación que no necesariamente existe en las calles.
El problema es que los ciudadanos no viven dentro de las gráficas ni de los porcentajes publicados en portales afines. La gente vive la realidad diaria: hospitales saturados, carreteras deterioradas, inseguridad persistente y promesas de campaña que siguen esperando cumplimiento.
Por eso resulta difícil creer en una repentina ola de simpatía hacia el gobierno estatal. La percepción social no cambia de la noche a la mañana por la publicación de una encuesta conveniente.
Si algo evidencia este episodio es la urgencia del aparato gubernamental por construir una imagen que no logra consolidarse por sí sola. Y cuando un gobierno necesita pagar estudios para convencer a la población de que es popular, en realidad está reconociendo, aunque no lo diga abiertamente, que la aprobación real no le alcanza.
En Tamaulipas, la ciudadanía sabe distinguir entre los números comprados y la realidad que se vive todos los días. Porque al final, por más encuestas que se paguen, la verdadera evaluación del gobierno no se decide en un ranking… se decide en la calle.

